jueves, marzo 27, 2003

Aznar y Napoleón

¿Qué puede hacer un partido político cuando sus legítimas posiciones son contestadas casi unánimemente por la opinión pública, e incluso, desde dentro del propio partido?

A lo largo de la historia de los sitemas democráticos no es infrecuente que se dé esta situación. En Estados Unidos ocurrió durante la guerra de Vietnam y, menos visiblemente, durante el Watergate. En el Reino Unido ocurrió con el famoso Poll Tax, un impuesto sobre la propiedad que no era ni progresivo ni proporcional. En España ocurrió durante el 14 de diciembre de 1988. Y parece que está ocurriendo ahora.

La opción habitual por parte de la mayoría de los partidos es dar marcha atrás de alguna manera: en los ejemplos anteriores se retiró el ejército de Vietnam, Nixon dimitió, al igual que Thatcher, y el Plan de Empleo Juvenil fue retirado a pesar de que el PSOE gobernaba con mayoría absoluta, que revalidó en las elecciones del año siguiente.

Ahora nos encontramos en un caso distinto: el Gobierno no sólo no na realizado ningún gesto de rectifcación, sino que se afirma en sus posiciones y se prepara para un batalla dialéctica dura contra prácticamente todos, puesto que no aparece en el ámbito interno nadie que preste su apoyo a las posiciones del Partido Popular. La incomprensión entre la opinión pública y su Gobierno, evidentemente, aumenta ante la sorpresa de no ser escuchada incluso cuando más alto y más fuerte grita.

Las razones para el primer comportamiento son lógicas: un partido que hace oídos sordos a una opinión pública mayoritariamente opuesta a su política, incluso desde sectores que le son cercanos, o hasta desde dentro, corre el gran riesgo de perder muchos apoyos de cara a las próximas elecciones, y a crearse una imagen de lejanía respecto al ciudadano, que puede tardar mucho tiempo en ser vencida. Ante este panorama, lo más juicioso es una retirada estratégica para poder optar con garantías a seguir marcando la línea política del siguiente gobierno.

¿Cuál sería entonces la motivación de la postura "enrocada"? Si comparamos la confrontación política con la militar (una triste comparación, ciertamente), un ejército en inferioridad numérica se retira antes de ser rodeado y destrozado por el enemigo. Pero Napoleón, gran estratega militar, innovó en este arte de la guerra. Él dejaba que su ejército fuera rodeado incluso por enemigos superiores numéricamente, lo cual desafia en principio las leyes de la razón.

Pero conseguía un triple resultado. En primer lugar, al tener que rodear el enemigo a los ejércitos napoleónicos, perdían la ventaja del número en ciertos puntos y se dificultaban las comunicaciones. En segundo lugar, su propio ejército quedaba compactado y fácilmente dirigible en estas circunstancias. Y, por último (y quizá esto sea lo más relevante), el miedo a la derrota y sus consecuencias convertía a sus soldados en máquinas de matar.

¿Está Aznar usando tácticas napoleónicas en el debate político? ¿Es por eso que no retrocede un paso, e insite en rodearse de su partido, prietas las filas? La opinión pública puede llegar a cansarse de tener un "pensamiento único" respecto a esta II Guerra del Golfo, y aprovechar las fallas en la unida oposición para romper el cerco al que está siendo sometido su partido. O, como parece que es su estrategia, intentando hacer ver que el exceso de movilización puede ser malo para el sistema democrático.

Es una estrategia novedosa, aunque algo avanzaba el PP en algunas de sus últimas propuestas, y puede resultar exitosa (anteriormente, lo ha sido en alguna ocasión puntual). Pero no olvidemos que Napoleón acabó siendo derrotado. Hay ocasiones en que la diferencia es tan abrumadora en contra que ni siquiera la táctica de Napoleón es aconsejable. Y esta puede que sea una de esas ocasiones. En la guerra, el ejército que comete ese error, si no se rinde pronto, puede ser destrozado literalmente. Esperemos, por el bien del sistema democrático español, que si el Partido Popular no se rinde en su estrategia napoleónica, la analogía anteriormente descrita no sea perfectamente extrapolable.

jueves, marzo 20, 2003

Campaña electoral

A cualquiera que lea estas líneas le resultará extraño que el mismo día en que se inicie una guerra, cuando todos están pendientes de un conflicto de tal trascendencia, a alguien le dé por hablar de algo tan lejano en el tiempo como las elecciones de finales de mayo.

No obstante, bien mirado, éste es el momento preciso de hacer una reflexión sobre la democracia y sus atributos. Una democracia que para algunos significa la manifestación constante de sus posturas políticas y para otros se reduce a pasar por el Colegio en domingo. Dentro de la libertad que ofrece nuestro sistemas, ambas opciones son igual de respetables, e incluso la no realización de ninguna de estas dos opciones es admisible. Por tanto, no se debería ridiculizar ni el hecho de la abstención (que en sí ya supone una posición política), ni la militancia activa tras una pancarta.

En todo caso, independientemente de la intensidad con la que un ciudadano haga uso particular de la democracia, en lo coinciden todos es que el derecho fundamental más fundamental es el derecho de sufragio activo, el derecho al voto. Y como derecho fundamental más fundamental, requiere el mayor cuidado en su uso.

Quince días antes de votar empezarán a contarnos cuentos de la lechera. ¿Nos basaremos en ellos para decidir el voto? La actuación durante los últimos cuatro años es mucho más adecuada para juzgar, ésa es la verdadera campaña electoral. Dentro de cuarenta y cinco días nos empezarán a vender motos, a cual mayor.

Recuerden estos días cuando vayan con sus hijos al Colegio el domingo.

miércoles, marzo 12, 2003

El Enemigo Perfecto

Cualquier niño de seis años sabe cual es el país más poderoso del mundo. Antes de llegar a cumplir esa edad ha visto sus películas, jugado con sus juguetes, comido y bebido sus productos y hasta circulado por la vía pública en alguno de sus vehículos.

Los Estados Unidos, recién empezado el s. XXI, sigue disfrutando la posición hegemónica que alcanzó a principios de la pasada centuria. Por ello, cuando este niño crece, si se interesa por la Historia del Mundo Contemporáneo, no deja de sorprenderse de que esta posición haya sido obtenida por un estado que, aún en la actualidad, conserva una fuerte tradición aislacionista. En más de una ocasión, los medios nos recuerdan este hecho dándonos el bajo porcentaje de americanos que es capaz de ubicar en el mapa países de la importancia (incluso para su propia Historia) de Francia, Italia o España.

Es más, esta posición predominante diríase que es alcanza a pesar de los Estados Unidos, puesto que intervino en ambas guerras mundiales, pero tres años tras el comienzo de la primera y dos años después de empezada la segunda, y siempre por provocación de los contendientes (Alemania en un caso y Japón en el otro). De hecho, a pesar de la voluntad del Presidente Wilson, Estados Unidos no tomó parte en la Sociedad de Naciones en el periodo de entreguerras.

¿Cómo pueden los gobiernos americanos del s. XX y aún del XXI intervenir en el exterior tan activamente, a pesar de la voluntad tan marcada de sus ciudadanos de no querer saber nada del mundo? ¿Cómo es posible que esté presente, ya sea diplomática o militarmente, cuando los periódicos en su mayor parte apenas informan de asuntos que ocurren más allá de sus fronteras?

Es posible para el gobernante emprender dos soluciones: una a largo plazo, que sería intentar concienciar a la población de la necesidad de conocer y entender el mundo, que es difícil pero rentable a largo plazo para una potencia tal, y la solución a corto plazo.

La respuesta empleada ha sido servirse de un mecanismo psicológico que los americanos tienen, como cualquier pueblo, inserto en su mente: la necesidad de defender su sociedad en caso de ataque. Los políticos americanos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial aprendieron las lecciones del periodo de entreguerras: los americanos sólo actúan al sentirse amenazados, a resultas de lo cual, el periodo de hegemonía estadounidense se puede dividir según el enemigo al que han hecho frente.

Durante cuarenta años el enemigo fue la Unión Soviética. Una vez desaparecida ésta, tras una rápida guerra con Saddam Hussein, el enemigo era Milosevic. Ahora el enemigo vuelve a ser Saddam.

¿Es Saddam un dictador? Sí, al igual que lo eran Pinochet, Videla, Franco y tantos otros. De hecho, tras la retirada de las tropas americanas del Golfo, seguía siéndolo. ¿Posee armas de destrucción masiva? Posiblemente, al igual que las posee Corea del Norte, o quizá también Cuba. ¿Colabora con el terrorismo internacional? No es imposible, pero no menos imposible que la colaboración que pueda prestar Arabia Saudí, aliado estratégico de Estados Unidos y régimen donde rige la Shari'a, la ley divina musulmana aplicada estrictamente, donde la mujer está casi tan desprotegida como lo estaba en Afganistán con los talibanes. ¿Es posible desarmarlo pacíficamente? Si se combina la presión militar y la diplomática, sí, o al menos a eso deben aspirar sinceramente los países que se consideran superiores moralmente por vivir en democracia.

¿Aspiran a desarmar pacíficamente los americanos y otros gobiernos a Saddam? La percepción general es que no. Ya sea por convicción sincera de la inutilidad de la solución no violenta (cosa triste para quienes confían en el avance histórico), o por intenciones más o menos inconfesables, el gobierno de Estados Unidos y otros, singularmente España, Italia y Reino Unido, aún en contra de sus opiniones públicas, muestran un afán desmedido por no dar más tiempo ni más medios a los inspectores y por imponer una fecha límite cercana en el tiempo. Desean que la ONU convalide sus intenciones, pero no consideran que la legalidad internacional pueda ser un freno a sus intenciones, o al menos, realizan una interpretación amplia de un asunto tan grave como una guerra de las resoluciones de un organismo creado para evitar en la medida de lo posible esa posiblidad.

Pero sobre todo, no debemos olvidar que la guerra contra Saddam se enmarca en un titánico proyecto de guerra contra el terrorismo, donde Estados Unidos no ha entrado a valorar las causas últimas del injustificable en todo caso terrorismo internacional. Una guerra contra un enemigo escurridizo e invisible que puede durar décadas, y cuyo resultado, sin acciones políticas de fondo que lo apoyen, siempre será incierto. El enemigo puede estar en todas partes, puede usar cualquier objeto, incluyendo aviones de pasajeros, como arma, puede subvertir gobiernos aparentemente democráticos, confundir a la opinión pública mundial, usar empresas globales paras sus fines, puede usar las nuevas tecnologías...

Estados Unidos ha encontrado al enemigo perfecto.

martes, marzo 04, 2003

Votación secreta en el Congreso sobre el conflicto de Iraq: no hubo sorpresa

La sesión de ayer martes en el Congreso de los Diputados salió según el guión previsto por el PP; la totalidad de los diputados del Grupo Popular dieron su respaldo a la resolución impulsada por el Gobierno y rechazaron la propuesta de toda la oposición, basada en la posición política defendida por los gobiernos de Francia y Alemania.

Vanal resulta ya a estas alturas discutir sobre qué defiende cada bloque en que se ha dividido la Cámara Baja. Más interesante podría ser las motivaciones últimas de las posturas de dichos bloques. Lo realmente interesante a extraer de todo lo oído hasta ahora y, muy particularmente, de la sesión de ayer, son las implicaciones de las decisiones de unos y otros.

En primer lugar, el formato de votación utilizado, el voto secreto, maniobra muy inteligente y magníficamente empleada por la oposición, empeñada en exprimir hasta la última gota del Reglamento del Congreso, ha sometido a una dura prueba los nervios de la cúpula del PP y su cohesión interna. Finalmente, un partido disciplinado de cara al público como lo es el Partido Popular, ha superado el test, no sin una fuerte presión de sus dirigentes. Por otra parte, y aquí está la virtualidad de la maniobra, ha retratado a los miembros del PP como partidarios de las tesis de Bush y Aznar, a pesar de los tímidos movimientos de desmarque vislumbrados en los últimos días. La oposición, así, ha abortado la posibilidad de que Aznar se retire llevándose consigo las consecuencias de las decisiones tomadas, o al menos las de ésta decisión en concreto, que ha hecho suya el partido del Gobierno.

Esto último supone un peligro para el PP, puesto que el desgaste que conlleva el ejercicio del poder se resta de los logros del gobierno actual, máxime teniendo en cuenta la casi total unanimidad de la sociedad española, que se ha manifestado claramente, al igual que muchos miembros del mundo de la cultura, por un desarme pacífico del régimen de Saddam. Además de este distanciamiento entre el partido que sustenta al gobierno y la sociedad del país que gobierna, que hubiera sido impensable hace tan sólo dos años, la rotura del consenso es imputada también al PP, por ser la única gran organización social que toma partido por las tesis del gobierno americano, enfrentándose al resto de los partidos (incluídos los socios parlamentarios) , a los sindicatos, la Iglesia y la sociedad civil. Los empresarios guardan un clamoroso silencio.

A destacar, aparte de las antedichas implicaciones, el animadísimo debate entre un Rajoy que empieza a perfilarse como el sucesor de Aznar y un Caldera al que le venía bien el ambiente de este debate, con lo que no ha quedado sobrerrevolucionado, como en otras ocasiones. El resto de los partidos de la oposición, notablemente Izquierda Unida, Convergència y Unió y Partido Nacionalista Vasco, realizan en estos temas unas aportaciones muy juiciosas, para regocijo de propios y sorpresa de extraños.

Por último, un sobresaliente a la oposición liderada por el PSOE e Izquierda Unida, porque nadie pensó tras las últimas Elecciones Generales que disfrutaríamos tanto de las sesiones del Congreso. Y una advertencia al PP: la cohesión interna es un valor para un partido político, pero la coacción a la libertad de opinión y expresión y el distanciamiento de la sociedad son un gran lastre para un partido. Las elecciones Municipales y Autonómicas se acercan, y si bien es cierto que el comportamiento del elector es diferente de otras citas electorales, no sería muy difícil imaginar un voto de castigo en unas elecciones ya de por sí complejas por la recuperación del voto socialista y el desgaste lógico del gobierno. Cosas más raras se han visto. Y si no, recuerden el 14 de abril de 1931.